Jugadores legendarios que fracasaron como entrenadores… y mediocres que hicieron historia en los banquillos
De Xavi a Mourinho: por qué algunos cracks fallan en el banquillo y otros mediocres triunfan
La noticia ha empezado a sonar fuerte: Xavi Hernández podría acabar entrenando al Manchester United. El mismo Xavi que levantó copas con el Barça y con España, que fue el motor del mejor mediocampo que hemos visto en décadas, el arquitecto silencioso de la época dorada del tiki-taka. Su posible llegada a Old Trafford ha levantado revuelo, pero también preguntas incómodas: ¿de verdad Xavi es un gran entrenador o solo vive del aura de lo que fue como futbolista?
Porque si hablamos en serio, su paso por el Barça como entrenador dejó más dudas que certezas. Ganó títulos, sí, pero su fútbol nunca terminó de convencer del todo. Era un equipo que a veces parecía no saber a qué jugaba, demasiado dependiente de la inspiración individual de sus estrellas, demasiado lejos de aquel Barça coral que él mismo dirigía en el campo. Un grande como jugador que, en los banquillos, todavía no ha demostrado ser más que uno más.
Y aquí está el dilema eterno: ¿Qué pasa con las leyendas del césped cuando cambian las botas por la libreta? ¿Por qué tantos cracks mundiales se convierten en entrenadores mediocres? Y, a la vez, ¿por qué tantos jugadores del montón acaban siendo auténticos genios en la pizarra?
El peso de haber sido crack
Ser leyenda tiene un precio. Quien fue genio con el balón muchas veces pretende que sus jugadores repliquen lo imposible. No entienden que lo que para ellos era natural —un control orientado, un pase milimétrico, una visión de rayos X— para el resto de los mortales es ciencia ficción.
Maradona lo vivió en carne propia: el hombre que cargó un Mundial en su pierna izquierda nunca supo trasladar esa magia al banquillo. En Sudáfrica 2010, con Argentina, el desastre contra Alemania fue la prueba más dolorosa: un equipo sin plan, sin dirección, sin alma.
Algo parecido le pasó a nombres como Marco Van Basten, que deslumbró como delantero del Milan y de Países Bajos, pero como técnico nunca encontró la tecla. O Gary Neville, un símbolo del Manchester United que, cuando se sentó en el banquillo del Valencia, no tardó en descubrir que ser voz autorizada en un vestuario no significa saber dirigirlo.
Xavi, en ese sentido, camina por la misma cuerda floja. Fue un genio del control y del pase, pero como entrenador parece atrapado en la sombra de lo que él mismo encarnó. Y no es el único. Pirlo, que hacía del fútbol una obra de arte con un toque, también naufragó en su aventura en la Juventus. Es la maldición de los elegidos: haber sido demasiado buenos para luego conformarse con lo terrenal.
Cuando la mediocridad se convierte en virtud
En el otro extremo están los que, como jugadores, pasaron de puntillas por la historia. Los que jamás tuvieron un poster en la habitación de un niño, pero luego revolucionaron el fútbol desde el banquillo.
El ejemplo más claro es José Mourinho. Como futbolista, apenas dejó huella: un par de años discretos en Portugal y poco más. Su salto fue desde el cuerpo técnico, primero como traductor, luego como asistente, hasta que acabó siendo "The Special One".
Y aquí hay que detenerse en su primer gran milagro: la Champions de 2004 con el Porto. Un equipo sin figuras globales, sin el presupuesto de los gigantes, sin el peso de la historia reciente. Y, sin embargo, Mourinho lo llevó a la cima de Europa. Eliminó al United, borró al Deportivo, trituró al Mónaco en la final. Fue la prueba de que el fútbol no siempre pertenece a los ricos, sino también a los que saben organizar, motivar y exprimir cada gota de talento. Esa Champions no solo lo coronó: lo lanzó al mundo como símbolo de que la táctica y la mentalidad podían mover montañas.
Algo parecido pasa con Jürgen Klopp. Como defensa del Mainz fue simplemente correcto, pero sin brillo. En los banquillos, en cambio, construyó un Dortmund vibrante y un Liverpool que devolvió la fe a Anfield. Klopp es ejemplo de lo que da la humildad del jugador mediocre: saber escuchar, saber aprender, saber trabajar con lo que hay.
Y si hablamos de revolución, imposible no mencionar a Arrigo Sacchi. Nunca jugó al máximo nivel, ni falta le hizo. Él mismo se defendía con ironía: "No hace falta haber sido jinete para ser un gran entrenador de caballos". Su Milan cambió la manera de entender el fútbol: presión alta, líneas juntas, movimientos mecanizados. Un equipo que jugaba como una sinfonía, con jugadores que parecían instrumentos perfectamente afinados.
Guardiola: el puente entre los dos mundos
El caso de Pep Guardiola merece capítulo aparte. Como futbolista fue un mediocentro elegante, técnico, inteligente, pero no llegó a ser nunca considerado entre los grandes cracks de la historia. Estaba lejos de un Zidane, de un Xavi, de un Iniesta. Y, sin embargo, como entrenador, Pep se convirtió en uno de los más influyentes de todos los tiempos.
Su virtud fue otra: él sí supo traducir su visión como jugador en una metodología clara, precisa y obsesiva. Si en el campo organizaba, en el banquillo construyó sistemas que potenciaban hasta la última virtud de sus futbolistas. Su Barça de 2009 no solo ganó, sino que cambió la forma de entender el fútbol moderno. Guardiola es la prueba de que no hace falta haber sido un crack para ser un entrenador revolucionario, pero tampoco ser un don nadie: basta con tener la mente adecuada.
La paradoja eterna
Al final, el fútbol nos devuelve a la paradoja: lo que te hace brillar como jugador puede ser tu condena como entrenador. Y lo que te condenó a ser mediocre en el césped puede ser tu salvación en el banquillo. El talento a veces nubla, la mediocridad a veces enseña.
Que Xavi llegue o no al United es casi anecdótico en esta discusión. Si lo hace, se pondrá otra vez a prueba, cargando con el peso de su propio pasado, de ese espejo que le recuerda constantemente lo que fue como jugador. Y quizás ahí está la clave: entender que entrenar no es revivir lo que fuiste, sino construir lo que otros pueden llegar a ser.
Ojalá Xavi, que ya fue leyenda en el campo, logre serlo también en los banquillos. Ojalá consiga que su nombre no quede atrapado en la nostalgia de aquel 6 blaugrana, sino que también aparezca en los manuales de los entrenadores que cambiaron este deporte. Porque si Mourinho pudo con un Porto que nadie veía campeón, si Klopp levantó al Liverpool desde la fe, si Guardiola transformó el fútbol moderno... ¿por qué no Xavi?
Porque en el fútbol, como en la vida, no siempre ganan los que tuvieron talento, sino los que supieron aprender de la derrota. Y el tiempo, que es el juez implacable de este juego, todavía tiene la última palabra.
Xavi Hernández celebrando la victoria del Barça al Napoli - FC Barcelona

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