Cómo Klopp le devolvió la gloria al Liverpool y Arne Slot la culminó
Hubo un tiempo en el que Anfield no era sinónimo de miedo. Un tiempo en el que el "You'll Never Walk Alone" sonaba más como un himno nostálgico que como un rugido imponente. El Liverpool era un gigante dormido, atado a recuerdos lejanos, atrapado en su propia historia. Gerrard todavía sostenía la bandera, pero hasta su figura se iba apagando entre temporadas grises, fichajes que no funcionaban y entrenadores que no encontraban la llave.
El club que había conquistado Europa en 2005 parecía un fantasma. Había épica en su pasado, pero muy poca ilusión en su presente. Los hinchas vivían de repeticiones en YouTube, de noches de Estambul, de goles que ya no volverían. El fútbol inglés avanzaba con la explosión del Chelsea, la consolidación del United y el despertar del City, mientras el Liverpool quedaba relegado a un papel secundario. Para un club con tanta tradición, eso era casi una condena.
El desconocido que que cambió todo
Fue entonces cuando llegó un entrenador con gafas, sonrisa nerviosa y un inglés entrecortado. Jürgen Klopp aterrizó en Liverpool en 2015, con fama de excéntrico, de técnico que había hecho milagros en el Borussia Dortmund, pero sin el peso mediático de un Guardiola o un Mourinho. Para muchos, era un experimento. Para otros, un salto al vacío.
Su primera rueda de prensa dejó claro lo que traía: "Tengo que convertir a los incrédulos en creyentes". Más que una frase, fue una promesa. Klopp no hablaba de táctica, hablaba de identidad. Devolverle al Liverpool no títulos, sino alma.
Y lo hizo a su manera: con intensidad, presión, abrazos desbordados en la banda y una relación casi tribal con la afición. Perdió finales, sí. La Europa League de 2016 contra el Sevilla, la Champions de 2018 contra el Madrid. Pero cada derrota dejaba algo distinto: el Liverpool ya no era un invitado incómodo, volvía a ser protagonista.
Paso a paso: construir un gigante
Los fichajes fueron piezas de ajedrez colocadas con precisión. Salah llegó de la Roma sin demasiados reflectores y se convirtió en estrella mundial. Mané aportó vértigo. Van Dijk dio seguridad. Alisson transformó la portería. Y, sobre todo, Klopp construyó un sistema que convertía a jugadores buenos en imprescindibles. El fútbol dejó de ser improvisación para convertirse en sinfonía.
En 2019 llegó el primer gran golpe: la Champions conquistada en Madrid contra el Tottenham. Esa noche no fue solo un título, fue una declaración: el Liverpool volvía a estar en la cima de Europa. Un año después, tras 30 años de espera, levantaron la Premier League. Treinta años de sequía rota con un fútbol reconocible, eléctrico y emocionante.
Klopp había hecho lo que parecía imposible: despertar al gigante. No sólo ganó partidos, devolvió el orgullo. En Anfield volvieron las noches mágicas, las remontadas imposibles, los cánticos que erizaban la piel. Lo intangible volvió a ser tangible.
El legado
Pero el verdadero triunfo de Klopp no fueron las copas, sino lo que dejó instalado en la memoria colectiva. Una identidad clara, un estilo reconocible , una manera de competir que convirtió al Liverpool en referencia mundial otra vez. Construyó una base sólida que incluso los que no eran hinchas terminaron admirando lo que había hecho.
El Klopp que llegó como "el desconocido de Dortmund" se fue como uno de los entrenadores más grandes de la historia del club. Su nombre ya está en la misma conversación que Paisley, Shankly o Dalglish. Y eso no es poca cosa.
El epílogo: Slot y la última piedra
Con la llegada de Arne Slot, el Liverpool encontró continuidad. El neerlandés no vino a derrumbar, sino a culminar. Aprovechó lo que Klopp había levantado con paciencia y pasión. Y lo llevó a su último escalón: volver a ganar la liga.
El triunfo de Slot no es solo suyo, también es consecuencia de un trabajo previo. Klopp dejó el terreno fértil y Slot recogió la cosecha. Es como si la historia quisiera cerrar el circulo: el técnico alemán vino a devolverle la identidad y, una vez conseguido, otro llegó a disfrutar el fruto de esa herencia.
Un antes y un después
Hoy hablar del Liverpool sin mencionar a Klopp es imposible. Porque antes de él, el club era la sombra de sí mismo. Y después, volvió a ser lo que siempre debió ser: un gigante que inspira, que asusta, que emociona.
Klopp no sólo devolvió títulos. Devolvió el latido. Devolvió la fe. Y eso es lo que lo hace eterno en Anfield.
Quizás dentro de unos años, cuando se recuerde la Premier conquistada con Arne Slot, alguien diga: "Ese fue el cierre perfecto de lo que empezó Klopp". Y tendrán razón. Porque en el fútbol, los títulos se reparten, los entrenadores pasan, los jugadores cambian... pero las huellas emocionales permanecen.
Y la huella de Klopp en Liverpool es tan profunda que, aunque se vaya, seguirá gritando en cada "You'll Never Walk Alone".

Comentarios
Publicar un comentario