Los que se fueron antes, pero siguen jugando en la memoria
Hace unas semanas, el fútbol volvió a quedarse en silencio. Murió Miguel Ángel Russo, un hombre que no necesitaba gritar para hacerse escuchar. En un deporte acostumbrado al ruido, a las ruedas de prensa incendiarias y a los egos sobreactuados, Russo representaba otra cosa: la serenidad, la elegancia, el respeto. Ganó títulos, sí, pero sobre todo ganó algo más importante: el respeto de todos, incluso de los rivales.
Su adiós me agarró con esa sensación incómoda que dejan los hombres buenos cuando se van: la certeza de que el fútbol pierde más que un entrenador; pierde un pedazo de alma. Y me hizo pensar —inevitablemente— en otros nombres, en esos entrenadores y jugadores que también se fueron antes de tiempo. Los que dejaron su historia a medio escribir, pero aún así la hicieron eterna.
La calma que dirige
Russo fue un hombre de club, de vestuario, de pasillo. No necesitaba cámaras para liderar. Su carrera fue una lección de resiliencia: aunque el cáncer se lo llevara, reconstruyó equipos, se reinventó mil veces. Y lo hizo con esa expresión suya tan característica, entre el cansancio y la sabiduría, como si supiera que el fútbol es una excusa para hablar de la vida.
No todos los entrenadores logran eso. Algunos enseñan táctica; otros enseñan carácter. Russo enseñó dignidad. Y cuando alguien así se va, lo que queda no son las estadísticas, sino el ejemplo.
Tito, la elegancia del silencio
Pensar en Russo es recordar a Tito Vilanova, otro entrenador que encarnó la templanza. Tito dirigió al Barcelona en 2012-13, un equipo que aún llevaba la sombra gigantesca de Guardiola, y lo hizo con una serenidad casi sobrenatural. Batió el récord histórico de puntos en LaLiga (100) mientras iba y venía del hospital, luchando contra un cáncer que terminó siendo más fuerte que el fútbol.
Pero Tito ganó algo que no se mide en trofeos: el respeto universal. En una época donde todo se discute y se grita, él eligió el silencio. Fue la demostración de que se puede liderar sin levantar la voz, de que hay victorias que se consiguen sin celebrar. Su legado no está en las vitrinas del Camp Nou, sino en la memoria emocional del deporte: la de un hombre que nunca usó la enfermedad como excusa.
Luis Enrique, la fuerza de seguir
Y después está Luis Enrique, que representa otra forma de valentía. No se fue, pero perdió lo que nadie debería perder: a su hija, Xana. Lo fácil habría sido desaparecer, alejarse del foco, encerrarse en el duelo. Pero volvió. Y cuando lo hizo, lo hizo entero. Con carácter y sensibilidad, como siempre.
Luis Enrique enseñó que seguir adelante también es una forma de homenaje. Que el fútbol, con toda su presión, puede ser refugio. Y que un banquillo no siempre es un lugar de triunfo; a veces es un lugar de supervivencia. En su figura hay una lección invisible: la de convertir el dolor en motor, y no en obstáculo.
Robert Enke, el partido que no se ve
Pero no todos lograron volver. Robert Enke, portero alemán, capitán del Hannover 96 y durante años una de las promesas más sólidas del fútbol europeo, perdió un partido que no se juega con guantes: el de la depresión. Su suicidio, en 2009, fue un terremoto que sacudió a todo el fútbol alemán.
Hasta entonces, nadie hablaba de salud mental en los vestuarios. Los porteros eran vistos como tipos fríos, impermeables, casi de piedra. Enke demostró que no, que el peso de la exigencia puede ser insoportable. Su historia abrió una conversación necesaria. Detrás del héroe, había una persona. Y en ese espejo muchos otros se reconocieron.
Después de su muerte, su esposa fundó una organización dedicada a la salud mental en el deporte. Y hoy, cada vez que un jugador se anima a decir "no estoy bien", el eco de Enke sigue ahí, ayudando sin estar.
Los jugadores que se fueron sin aviso
Hay nombres que siguen doliendo igual, aunque pasen los años. Uno de los que viví más "de cerca" fue el de José Antonio Reyes, un futbolista distinto. De esos que jugaban con alegría, con descaro, con barrio. Reyes fue campeón con el Sevilla, con el Arsenal, con el Real Madrid, y volvió una y otra vez a donde era feliz: al sur. Murió en 2019, en un accidente de tráfico, cuando jugaba en el Extremadura UD, el equipo de mi pueblo. Tenía solo 35 años. Aquella noticia nos atravesó a todos. Ver su nombre ligado a nuestra tierra fue tan emocionante como trágico. Reyes representaba la ilusión de seguir disfrutando del fútbol sin necesidad de los focos, de volver a donde empezó todo. Y su partida fue una herida colectiva, una de esas que el tiempo no termina de cerrar.
También está el golpe que sacudió a Portugal y a medio mundo del fútbol: Diogo Jota y su hermano André Silva. Dos hermanos, dos futbolistas, una carretera en Zamora y un destino que no perdona. Murieron juntos en julio de 2025, cuando Jota aún llevaba en el dedo el anillo de una boda casi recién celebrada. Once días antes había dicho "sí" a su amor de siempre; once días después el fútbol dijo adiós a uno de los delanteros más nobles y generosos de su generación. Iban camino de Santander para coger un ferry a Inglaterra —no podían volar tras un procedimiento médico— cuando todo se apagó. Desde entonces, Portugal juega con un vacío en el pecho y una promesa en la boca: competir por los que ya no están.
Antonio Puerta, que cayó desplomado en el Sánchez-Pizjuán, con apenas 22 años. El mismo estadio donde había crecido lo vio despedirse sin tiempo. Sevilla lo convirtió en mito, y cada gol que se celebra allí lleva algo de él.
El fútbol y la memoria
Todas estas historias tienen algo en común: nos recuerdan que el fútbol no es eterno. Que detrás de los dorsales hay vidas, fragilidades, personas. Que la gloria puede ser efímera, pero la memoria es inquebrantable.
El fútbol, con toda su pasión, es también un espejo de la vida: imprevisible, injusto, hermoso. Algunos se van demasiado pronto, pero dejan lo suficiente para quedarse para siempre.
Russo, Tito, Luis Enrique y Xana, Enke, Puerta, los hermanos Jota Silva, Reyes... nombres distintos, países distintos, destinos distintos. Pero todos tienen algo en común: nos enseñaron que el verdadero legado no está en los títulos, sino en la forma en que se vive. En cómo se lucha, se pierde, se sufre y se ama este juego.
Y quizás por eso, aunque el tiempo pase y las noticias cambien, hay personas que el fútbol no olvida. Porque algunos partidos no terminan con el pitido final.
Los suyos siguen jugándose, en silencio, en la memoria.

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