Un 22 de noviembre para volver a casa
Cuando leas esto, el Barça ya habrá jugado su primer partido de vuelta en el Camp Nou. 909 días después. Ahora mismo no se si ganó, si perdió o si empató, pero para lo que importa hoy da igual. Hay noches que van de puntos y noches que van de lugares. Y la del 22 de noviembre no va de un 1-0 o un 2-2: va de volver a casa.
Durante más de dos años, el Barça ha vivido de prestado. Monjuic ha sido ese sofá en casa de un amigo en el que puedes dormir una temporada, pero en el que nunca terminas de acomodarte del todo. El césped era verde, el himno sonaba, la portería medía lo mismo, pero todos sabían que aquello no era casa.
Por eso esta vuelta tiene algo de reparación emocional. El Camp Nou no está acabado. Es un estadio a medio vestir, con rincones cerrados y caminos nuevos que los culés tendrán que aprender. Es como volver a tu casa de siempre, con cajas en el pasillo y olor a pintura fresca: incómodo por fuera, reconocible por dentro.
El club lo sabe y ha montado algo más que un simple partido de Liga. Las puertas se abren antes de lo habitual, la música suena desde pronto y la fiesta baja al césped: actuación en medio del campo, el Cant del Barça con el Cor Jove de l'Orfeó Català y fuegos artificiales cuando el himno suba de tono. Es marketing y espectáculo, pero sobre todo una forma de decir en voz alta: hemos vuelto.
Que el primer rival sea el Athletic Club de Bilbao tampoco es un detalle cualquiera. Hay equipos que son solo contrincantes y otros que forman parte de tu biografía. El Athletic pertenece al segundo grupo: finales de copa, heridas que tardan en cerrarse, respeto entre dos formas muy particulares de entender el fútbol y la identidad.
El Barça no vuelve al Camp Nou como ese equipo que imponía miedo en toda Europa, sino como un club que aún intenta cuadrar cuentas y recomponer su imagen. El regreso a casa también es negocio: más ingresos, más palcos, más hospitalities. El estadio es templo, pero también activo, y ahí vive la tensión entre sentimiento y balance.
Y, aun así, por muy fría que sea la contabilidad, hay más cosas que no caben en ningún informe. El sonido de la primera gran ovación. El primer "uy" sincronizado cuando alguien se asome al área. El primer gol que haga temblar una estructura que llevaba demasiado tiempo escuchando taladros. El fútbol tiene algo de venganza contra la obra: donde antes había ruido de máquinas, ahora vuelve el ruido de la gente.
Cuando este texto se publique, tú ya habrás elegido tu propio recuerdo de esa tarde. Puede que pienses en un gol, en una parada o en un poste maldito. O quizá te quedas con otra cosa: la primera vez que viste el estadio en obras pero vivo, un mosaico de la grada o el momento en que el himno sonó y miraste alrededor pensando: ya estamos aquí otra vez.
También hay otra cosa: las fechas nunca llegan solas. Para mucha gente, el 22 de noviembre será solo la noche en que el Barça volvió al Camp Nou; para otros, será la suma de varias vidas. Para quien escribe estas líneas, ese día ya estaba marcado desde hace un año por algo mucho más íntimo: fue un 22 de noviembre de 2024 cuando se marchó mi padre. Desde entonces, ese número dejó de ser un simple día y se parece más a una punzada suave cada vez que alguien lo pronuncia. Es imposible no pensar en él mientras escribo sobre regresos y sobre casas. Él también era eso: casa. Sabías que podías volver a cualquier hora y siempre habría una silla y una conversación a medias sobre fútbol. Con el tiempo entiendes que hay personas que también eran estadio: lugares a los que volvías sin mirar la hora ni el rival. Por eso, quizá, este partido tiene para mí un matiz que no sale en la previa: mientras el Camp Nou se reabre, yo también vuelvo, a mi manera, a un sitio al que yo solo se llegar por memoria. Y mientras medio mundo mira al césped, yo sé que, pase lo que pase, este 22 de noviembre volveré a mirar hacia arriba.
Al final, aunque el calendario diga que era un partido de Liga más, en realidad era otra cosa: la reapertura de un estadio que ya no es el mismo y la primera página de una etapa en la que el Barça buscará que su casa sea, a la vez, símbolo y negocio.
Dentro de unos años, el club presumirá de cifras, pero la medida real de este regreso estará en detalles que no salen en ningún informe: en quien se emocionó al ver otra vez la hierba desde "su" perspectiva, en la niña que creyó que el Camp Nou siempre había sido así, en el que miró un segundo al cielo antes del saque inicial.
El Barça vuelve al Camp Nou y, con él, vuelve una parte de todos los que se han dejado la voz en ese estadio. Después de tantas noches de exilio, el Barça vuelve a casa. Y a veces, en la vida, eso es todo lo que uno necesita para empezar de nuevo.

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