El escudo no guarda rencor
El 8 de noviembre, contra el Levante, el Atlético jugaba un partido incómodo. No estaba perdido, pero tampoco estaba bajo control. Era de esos partidos en los que el equipo circula, y tiene la pelota, pero no sabe a donde la lleva, en los que la grada empieza a inquietarse porque siente que algo falta y no sabe exactamente qué es. Entonces Simeone decidió mover el banquillo. Llamó a Antoine Griezmann. Entró en el minuto 61 con la naturalidad de quien ya no necesita ocupar la escena desde el primer acto para entender que puede cambiar el final de la obra. Y lo cambió. Marcó dos goles con la misma claridad con la que alguien escribe una frase que llevaba tiempo guardada y solo necesitaba encontrar el momento adecuado para decirla. No hubo celebración exagerada, ni gestos hacia la grada, ni reivindicación alguna. La comunión entre él y el Atlético ya no necesita explicarse. A veces, lo más importante sucede en silencio.
Pero para que ese silencio tenga sentido, hay que recordar de dónde viene. Griezmann no llegó al Atlético como estrella. Venía de la Real Sociedad, rápido, habilidoso, talentoso, sí, pero todavía algo ingenuo, algo indescifrable, algo frágil. Tenía desborde, tenía visión, tenía ese tipo de creatividad que parece que surge del aire, pero aún no había tenido que demostrar que podía sostener a un equipo grande a la espalda. Jugar en el Atleti es entender un lenguaje que no suele decirse si no es en tu cabeza: el del esfuerzo, el del sacrificio, el del compromiso incluso cuando las piernas pesan más de lo debido. Antoine aprendió ese idioma desde el primer día. Entraba con la determinación de quien sabe que está ante una oportunidad que no se repite. Corría hacia adelante para generar juego y corría hacia atrás para corregir lo que otros habían dejado abierto. Nunca pedía el balón para lucirse, sino porque intuía las jugadas antes que los demás. Y eso, en este club, abre puertas que no se abren con los pies, te la abren los propios aficionados.
La grada lo adoptó muy rápido porque reconoció algo familiar en él. No era un futbolista frío ni distante. No era el tipo de jugador que se mueve por el campo como si le diera igual todo. Había en él una mezcla de alegría y responsabilidad que se acomodaba perfectamente en la identidad rojiblanca. Y no tardó en convertirse en bandera. Era el jugador que anotaba en los momentos decisivos, el que aparecía cuando todo parecía oscuro, el que devolvía la esperanza cuando la final se escapaba o cuando la Liga parecía imposible. Y luego llegó el Mundial de 2018. Griezmann jugó allí como uno de los futbolistas más importantes del planeta, determinante en fases clave, inteligencia para controlar ritmos, especialista en resolver bajo presión. Fue campeón del mundo con Francia y estuvo a un paso de ganar el Balón de Oro. En casi cualquier contexto, eso lo habría elevado a la categoría de ídolo intocable.
Pero el fútbol tiene maneras extrañas de escribir sus capítulos. Un año después, llegó la salida al Barcelona. No fue el hecho en sí lo que dejó cicatriz, sino la forma. La sensación de que Griezzman se había convencido de que su techo estaba fuera del Atlético, de que su historia era demasiado grande para seguir en un club que parecía condenado a quedarse cerca. La afición sintió que aquello no era solo una decisión deportiva, sino una especie de abandono emocional. Y lo que antes era amor se convirtió en una herida. Y las heridas, cuando no se curan, se llenan de rencor.
El tiempo en Barcelona no fue el que él imaginó. No encontró su lugar, no se sintió referencia, no jugó con la misma mentalidad que tenía en Madrid. Y un día, con una mezcla de resignación y necesidad, el rumor se confirmó: Griezmann volvía al Atlético. Pero ese regreso no fue romántico. No hubo manos abiertas. No hubo recibimiento cálido. Lo que había era desconfianza, rabia acumulada, orgullo herido. Muchos aficionados silbaron. Otros simplemente lo ignoraron, que a veces es peor. La relación estaba rota y no había garantía de que pudiera reconstruirse.
Sin embargo, Griezmann no trató de arreglarla hablando. No se presentó ante la afición para pedir perdón ni se dedicó a explicar decisiones pasadas. Hizo algo mucho más difícil: volvió a jugar como lo había hecho antes de irse, y quizá incluso mejor. Se sacrificó más que nunca. Defendió como si su carrera dependiera de recuperar cada balón. Se ofreció para el pase sencillo, para la cobertura, para el desgaste, para el trabajo sucio. Aceptó roles distintos sin quejarse, entendió que debía ganarse de nuevo cada aplauso, cada ovación, cada "Antoine" pronunciado desde la grada. Y lo hizo con una paciencia que solo tienen los que saben que lo que de verdad vale la pena en la vida no se recupera de un golpe.
Y poco a poco, sin declaraciones ni gestos teatrales, volvió a ocurrir lo más difícil. El cariño regresó. No fue el mismo cariño ingenuo de la primera etapa, porque ese ya pertenece al recuerdo, pero sí uno más maduro, más consciente, más sólido. Ahora la afición sabe que Griezmann eligió volver a su lugar. Y Griezmann sabe que este es su sitio. Lo aprendió por el camino más largo posible.
Por eso, cuando el 8 de noviembre entró en el minuto 61 y cambió el partido, no fue una reivindicación, ni una revancha, ni una disculpa. Fue simplemente una continuación natural de algo que ya está curado. Griezmann ya no necesita demostrar nada. Y el colchonero ya no necesita perdonarlo. Ha llegado a un punto en el que lo que comparten no depende del pasado, sino del presente.
Y el presente dice que Antoine Griezmann no es solo un jugador del Atleti, es parte de su historia. Y eso, en este club, nunca se dice en voz alta.
Se reconoce, se siente y se guarda.
Griezmann dándole un beso al escudo del Atlético de Madrid

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