El gol que fue perfecto... y aun así no bastó
Hay goles que te dejan feliz y hay goles que te dejan pensando. El de la falta de Messi al Liverpool en el Camp Nou es de los segundos, porque fue tan limpio, tan redondo, tan "eso no lo hace nadie", que parece mentira que terminara convertido en una anécdota dentro de una eliminación.
La noche iba con la lógica puesta. Barça-Liverpool, semifinal de Champions, tensión de las que se mastican. El partido tenía ese sonido de suela y respiración, ese clima de "cuidado con el siguiente detalle". Y entonces Messi, que a veces parecía jugar con la realidad como quien dobla una servilleta, se plantó delante del balón para tirar una falta que no era solo una falta, era una invitación al destino: pared de jugadores, portero colocado, estadio conteniendo el aire.
Lo recuerdo como se recuerdan las cosas importantes: no por el minuto exacto, sino por la sensación en el cuerpo. El segundo previo fue un segundo de iglesia. Y cuando golpeó, el balón no voló: obedeció. Hizo ese camino imposible, con una curva que no parece curva hasta que ya es tarde, y cuando llegó a la escuadra no hubo discusión. Ni debate. Ni "quizá". Fue un gol de los que te dejan un hueco en el pecho, como si hubieras visto algo demasiado bello para ser cotidiano.
Aquel 3-0 parecía sentencia. Un marcador ancho, una eliminatoria aparentemente cerrada, y además con un dato que lo hacía todavía más de película: ese gol fue el 600 de Messi con el Barcelona. En el Camp Nou se respiraba esa confianza casi arrogante que solo aparece cuando crees que ya has hecho lo difícil. Porque lo difícil, te dices, es marcar el golpe. Lo difícil es ponerte a tres. Lo difícil es eso que acaba de hacer Messi.
Y ahí es donde el fútbol, como la vida, te enseña lo mismo siempre con distinta camiseta: lo difícil no es llegar, lo difícil es sostener. Lo difícil no es el momento brillante, lo difícil es lo que viene después del aplauso.
La eliminatoria que se rompió en Anfield
Una semana después, el fútbol se cambió de piel. Anfield es otra cosa: no es un estadio, es un estado de ánimo. Y allí pasó lo que todavía hoy cuesta explicar sin que suene a exageración: el Liverpool le metió cuatro al Barça y remontó la eliminatoria. Ese 4-0 no fue solo un resultado; fue una avalancha emocional que convirtió un 3-0 en una ventaja frágil, casi ingenua.
Y entonces, de golpe, la falta de Messi cambia de significado. No cambia de belleza, porque la belleza no se desmarca, pero sí cambia de lugar en la historia. Deja de ser el gol que se mete en una final y se convierte en el gol que "no sirvió". El fútbol tiene esa crueldad: mide el arte por el último capítulo.
Pero yo no compro del todo esa idea. No compro que un gol así "no sirva". Sirvió para ganar un partido enorme, sirvió para tocar el cielo durante una noche y, sobre todo, sirvió para recordarnos una verdad que a veces olvidamos cuando hablamos de este deporte como si solo fuesen números y estadísticas: el fútbol no es solo lo que termina pasando; también es lo que pasa mientras lo miras.
Por qué algunos goles "inútiles" se quedan para siempre
Hay un tipo de gol que vive raro en la memoria: el que es perfecto, pero no trae título. El que es una obra maestra colgada en una pared que luego se quema. Y, sin embargo, justo por eso se queda. Porque te obliga a separar dos cosas que solemos mezclar: el mérito y el destino.
Ese día Messi hizo lo que hacen los grandes: resolvió lo irresoluble. Y lo hizo en el escenario correcto, contra el rival correcto, en el minuto correcto, con esa naturalidad insultante que convierte lo imposible en rutinario. Que después el equipo se cayera en Anfield no convierte ese golpeo en menos real. Solo lo vuelve más humano. Más trágico, incluso, como esas historias donde el héroe hace lo imposible y aun así el mundo no se ordena.
A veces hablamos de fútbol como si fuera justo, como si el que juega mejor siempre ganara, como si el talento fuera un seguro a todo riesgo. Y luego llega una noche como aquella y te lo desmonta: puedes tener al mejor del mundo, puedes meter el gol del año, puedes irte 3-0... y aún así, si no entiendes el oficio de sufrir, si no sabes pausar el caos, si no sostienes el partido como se sostiene una promesa, te barren.
Lo más curioso es que, con el tiempo, esa falta de Messi se vuelve un símbolo. No del Barça ganando, sino del fútbol recordándote su condición más vieja: esto no va de merecer, va de resistir. Por eso ese gol duele bonito. Porque es la prueba de que la perfección existe... pero no garantiza nada.
Y quizá ahí está la razón por la que seguimos mirando. Porque buscamos goles así: no para asegurarnos el final feliz, sino para sentir que, aunque sea durante un segundo, la vida tiene sentido, el balón tiene destino y el mundo es un poco más sencillo.
Messi la clavó en la escuadra, el Camp Nou rugió, y durante un rato todo pareció estar en su sitio. Luego vino Anfield y lo desordenó todo. Pero ese golpeo sigue ahí, intacto, como un recuerdo que no se deja reescribir por el resultado. Un gol que no te dio una Champions, pero te recordó por qué te enamoraste del fútbol: porque a veces, en medio del ruido, aparece una parábola perfecta y te hace creer otra vez.
Segundos antes de que el tiro de falta de Messi entrara en la portería del Liverpool - Marca

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